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Judith Butler: “La lucha debe ser por una vida vivible”

Sabado 24 de julio de 2010
Por Pablo Rodríguez
Tomado de la Revista de Cultura Ñ

La definición actual de izquierda, el gobierno de Obama, el matrimonio gay, el “error” de reivindicar el derecho a la vida y el papel central de los medios de comunicación son algunos de los temas de este diálogo con la autora de Marcos de guerra, la teórica feminista más prestigiosa de la actualidad.


Michel Foucault es reconocido como uno de los pilares de la lucha por las minorías sexuales, en especial de su vertiente académica. Sin embargo, solía poner el dedo en la llaga respecto de la definición de una identidad sexual. Hacer de dicha identidad el eje de definición subjetiva era para él hacerle el juego a los mecanismos de dominación actuales. El desafío era pensar en una política de izquierda actual que no repitiera los dogmatismos de la izquierda clásica, esa misma que lo eyectó del Partido Comunista francés por su homosexualidad.

Décadas después, la estadounidense Judith Butler tomó la posta de Foucault. En aquel tiempo la lucha era por la liberación sexual; hoy, por el matrimonio gay al que el Congreso argentino acaba de otorgarle fuerza de ley. Y Butler, lejos de adoptar las posiciones dicotómicas que suelen simplificar las cosas, se pregunta si esta lucha no tiene una arista conservadora: la de mantener el dispositivo de alianza matrimonial que fue analizado por Foucault. Para ella, ciertos rasgos de la política de izquierda, sobre todo en el hemisferio norte, muestran un dogmatismo del mismo tipo que el que sufrió el filósofo francés. Antes era la lucha de clases, ahora son los derechos de las minorías sexuales. Baste como ejemplo el que cita Butler: los inmigrantes que quieren entrar en Holanda tienen que declarar su apoyo a los derechos de los gays, de lo contrario serán deportados.

Y en este ejemplo se encuentra el núcleo de su libro Marcos de guerra. Las vidas lloradas, que es la continuación de Vida precaria. Butler intenta vincular tres temas que al norte del Ecuador son candentes pero cuya vinculación parece incierta: la guerra, la inmigración y la sexualidad. La filósofa encuentra en los tres un fanatismo por reducir al otro a una condición infrahumana, “una vida que no merece ser llorada”, justamente tras años de escuchar variados discursos sobre la “otredad”. Butler somete a crítica al multiculturalismo, a las versiones simplistas de las luchas de género y, por supuesto, al complejo ideológico llevado adelante por el gobierno de Bush para llevar adelante sus guerras (son artículos escritos entre 2004 y 2008). Butler charló con Ñ sobre varias de estas cuestiones: la definición de la izquierda hoy, la relación entre sexualidad, guerra e inmigración y el papel central de los medios, y sobre otras más controvertidas, como las trampas de reivindicar “el derecho a la vida” y las paradojas de la definición de los delitos de lesa humanidad para juzgar atrocidades cometidas en el pasado.

-¿Qué significa hoy “ser de izquierda”?

-Pienso que los nuevos modos de hacer la guerra llaman a pensar nuevos modos de responsabilidad política. ¿Cómo entendemos los mecanismos básicos de opresión y sujeción cuando el agente no es exclusivamente el Estado-nación? ¿Cómo debemos entender el papel de los medios digitales dentro de los sistemas de guerra? ¿Necesitamos una crítica de estos sistemas de comunicación para poder ofrecer una crítica de la guerra? La izquierda está fragmentada. Las coaliciones antimilitaristas están lejos de los partidos socialistas y socialdemócratas oficiales. Tenemos que repensar esta distancia, entender esta división y operar dentro de ella.

-En la introducción del libro, pone reparos sobre la situación de la izquierda en relación con el gobierno de Barack Obama.

-Marcos de guerra fue publicado poco antes de la asunción de Obama y esos reparos eran ciertos. Obama continuó las políticas de Bush más de lo que habíamos esperado. Hemos visto la escalada de la guerra en Afganistán, el uso creciente de los aviones no tripulados que siempre matan a civiles, una manera mercantilista de concebir la seguridad social y un fracaso para oponerse firmemente al ataque israelí en Gaza. En estos casos se juega cuáles vidas pueden ser lloradas y cuáles no. Su retórica es mucho más inspirada que sus acciones. La cuestión es si la población aceptará o no esta distancia entre el discurso y las acciones de Obama.

-En relación con las vidas que pueden o no ser lloradas, usted plantea que los medios cumplen un papel importante en estas definiciones, que exacerban el dolor de las víctimas para generar una política de la venganza donde ya no pueda ser recibida la demanda de una vida digna de ser llorada. ¿Estaríamos ante una suerte de “ejecución pública” realizada mediáticamente?

-No quisiera que se entienda que los medios simplemente manipulan los afectos. No creo que puedan jugar con nosotros tan fácilmente. Pero creo que podemos entender a los medios como aquello que construye la idea de “una vida digna de ser llorada”. Ciertas presunciones sobre religión, raza, género y clase se hacen normales con el tiempo: son “creencias” que toman la forma de figuras icónicas, y esa iconicidad es reproducida a través de la circulación mediática, logrando cierta eficacia. Ahora bien, más allá de la escena mediática, no hay dudas de que Foucault fue demasiado rápido al hacer la distinción histórica entre regímenes disciplinarios y predisciplinarios. Pueden trabajar en conjunto; lo hemos visto en varios países, incluyendo la Argentina de la última dictadura, cuando la psiquiatría trabajó junto con los sistemas de tortura. Quizá tengamos que repensar la idea de que la disciplina toma el lugar de la tortura. Pueden estar juntas, una puede liderar a la otra, o hacerse indistinguibles.

-Usted plantea que, de hecho, la tortura hoy está legitimada por discursos de saber que esencializan las diferencias culturales. ¿Cómo se da esta situación?

-En la guerra contra Irak la tortura se convirtió en un tipo de humillación sexual que produce coercitivamente al sujeto árabe, y que se basa en apropiaciones teóricas curiosas como las de The Arab mind, de Raphael Patai. Este libro de los años 70 pretende mostrar cómo es la mentalidad árabe y contiene una gran cantidad de prejuicios. Pues bien, The Arab mind fue material de lectura del personal militar, pero no lo fue la Convención de Ginebra, que regula el tratamiento de los prisioneros de guerra. Lo que se les inculcó a los militares es la idea de que las culturas árabes, supuestamente musulmanas, son premodernas y no aptas para la vida democrática. Esto sirve como una precondición para el tratamiento brutal de los prisioneros. Por un lado, es un prejuicio cultural. Por el otro, el prejuicio cultural en acción significa tortura.

-En relación con la cuestión del terrorismo invocado como motivo de guerra, usted rescata una posición polémica como la de Talal Asad, quien afirma que no hay manera de juzgar a la violencia como justa o injusta partiendo de su origen estatal o no estatal. En la Argentina, respecto de los delitos cometidos por la dictadura, se suele invocar la condición estatal como definitoria de la “lesa humanidad”. ¿Podría explicar su posición?

-Por un lado, se podría decir que una de las razones de ser de un Estado democrático es la protección de los derechos humanos de los ciudadanos. Por el otro, debemos ser capaces de defender los derechos humanos de quienes no son ciudadanos. Si el Estado no puede proveer tal defensa, ¿qué hacemos? Es una cuestión de los derechos de quienes no pertenecen a ningún Estado y están implicados en acciones de guerra, pero también es cuestión de los indocumentados cuyos derechos humanos también deben ser protegidos. Si sólo consideramos como merecedoras de derechos a aquellas vidas que representan al Estado-nación, estamos definiendo tácitamente al ser humano en relación con su pertenencia a un Estado. Cualquiera que sea el significado de “humanidad”, es evidente hoy que la violencia estatal destruye los derechos “humanos”. Quién es un “ser humano” es una cuestión que surge de manera urgente por fuera de la ciudadanía como tal y en el límite del poder del Estado, y la manera en que resolvamos esta cuestión tendrá claras consecuencias sobre cómo pensamos la estatalidad y sus derechos. Quizá tengamos que poner entre paréntesis el poder del Estado para comenzar a repensar lo humano en su totalidad.

-¿Se puede suspender el poder del Estado? En el caso del matrimonio gay, que recientemente fue convertido en ley en nuestro país tras una virulenta polémica, la cuestión reside en pedirle al Estado que reconozca ciertos derechos a ciertas minorías, algo que a usted la perturba.

-Es cierto que en Marcos de guerra insisto sobre esta cuestión, pero quiero decir que no me opongo al matrimonio gay. Pienso que el matrimonio debe ser abierto a cualquier pareja de adultos que quieran entrar en ese contrato, sin fijarse en su orientación sexual. Es un asunto de igualdad de derechos civiles. Pero no sé si este derecho particular debe ser la vanguardia del movimiento gay. Deberíamos preguntarnos por qué el matrimonio está restringido a dos personas, aunque parezca una broma. ¿Cuáles son los modos en que es organizada la sexualidad, y por qué tipos de organización estamos luchando? Aquellos que están luchando por lograr otras formas sociales para la sexualidad se están convirtiendo en “minorías” dentro del movimiento para establecer los derechos de los gays al matrimonio. ¿Por qué no estamos pensando en otros modos de dependencia, parentesco y alianza sexual? ¿Por qué el movimiento no se focaliza en contrarrestrar la violencia de género en todos sus niveles o nos ayuda a sostener a los jóvenes queers o a luchar por vivienda digna y beneficios sociales para la gente de edad que no está dentro del modelo marital o familiar clásico?

-También critica las visiones esencialistas que reivindican el “derecho a la vida”.

-Estas visiones piensan que ese derecho corresponde al de una vida individual. Por ese error quedamos presos de debates acerca de qué es un individuo vivo. Se trata de las normas que gobiernan la inteligibilidad de un ser humano. Podemos intentar otra interpretación: preguntarnos sobre las condiciones en las cuales la vida se hace vivible. Tenemos que luchar por esas condiciones. La pregunta por la vida en abstracto responde a posiciones cercanas al humanismo y al individualismo liberal. Lo que yo propongo es pensar a la vida a partir de sus condiciones sociales y desde allí juzgar qué vida merece ser vivida.


Ni desahogo ni venganza

Por Nahomi Galindo-Malavé

Susan Sontag observó atinadamente que los derechos de los “hombres” nunca ha merecido una manifestación o una huelga de hambre. En ningún país, los hombres son menores de edad jurídica, como lo fueron las mujeres hasta bien entrado el siglo XX en muchos países. Ningún estado otorgó el derecho al voto a las mujeres antes que a los hombres. Tampoco se ha pensado en los hombres como el segundo sexo.

Cada vez que las feministas levantan su voz, aparecen los neomachistas para “estirar el chicle”. Señalando que pretendemos “invertir las cosas”. Muchas nos preguntamos de dónde sacan esa distorsión que se presta para confundir. Sin embargo, la peor parte no es que resurjan estos neomachistas, sino que algunas personas solidarias se confundan con sus tergiversaciones.

Las personas neomachistas se alarman cuando las feministas y las personas lesbianas, gay, bisexuales y transgénero, que son activistas, alzan la voz reclamando justicia. Parece ser que sólo esuchar lemas como “Justicias para las mujeres” o “Justicia para Jorge Steven” es suficiente para levantar espanto entre algunos. Aquellos que creen erroneamente que lo que se pretende es “invertir” se alarman precisamente porque lo que le ha ocurrido a las mujeres y las personas LGBT ha sido espantoso a través de la historia.

En el caso de las mujeres, históricamente han sido minimizadas, patologizadas, infantilizadas, violentadas física y sexualmente.

Me pregunto, ¿Desde cuándo la palabra “justicia” se convirtió en sinónimo de “venganza”?

Todo esto me recuerda un suceso reciente: cuando circularon declaraciones de la actual jueza del Tribunal Supremo estadounidense Sonia Sotomayor, aludiendo a que ella esperaría que una mujer latina fuera mejor jueza que un juez blanco, ello levantó la histeria entre los conservadores en ese país. Dijeron que era “racismo a la inversa”. Es interesante que a aquellos que nunca se preocuparon por el racismo hacia los negros o latinos en los Estados Unidos de momento les preocupe el supuesto “racismo a la inversa”.

Igualmente se levantan los neomachistas en nuestro país. Aquí todavía lamentablemente se naturalizan las agresiones contra las mujeres y personas LGBT cuando alegan que “se lo buscó” o “sabía lo que podía pasar”. Esas sospechas se levantan cuando a esos neomachistas se preocupan que se reclame justicia por tal violencia desatada.

Hay quien plantea, con razón, que la raíz del asunto está en la educación, y no en reforzar el sistema de cárceles y tribunales que, después de todo, existen para defender a los poderosos. Sin embargo, esas preocupaciones no pueden ser pretexto para diluir los esfuerzos contra la impunidad. Quienes traen esa preocupación como parte de una crítica más amplia hacia los movimientos que reclaman justicia contra la agresión parecen olvidar, por ejemplo, que desde hace años las mujeres estuvimos reclamando que se incluyera la perspectiva de género en el curriculo escolar público; sin embargo, fue implementada tardíamente el año pasado para luego ser eliminada por el gobernador entrante.

La composición de cada movimiento social es plural. No obstante, me atrevo a decir que la mayoría de quienes luchamos por los derechos de las mujeres o de las personas LGBT, está clara en cuanto a los objetivos que persiguen nuestros reclamos. No queremos invertir, sino transformar. No queremos desahogarnos, mucho menos vengarnos. Queremos justicia. Reclamar justicia es un lema político contundente, no un capricho personal.

Cuando se pide justicia, se exigen un sinnúmero de cosas: que no quede impune la injusticia, que se atienda ese problema social y que se eduque en las escuelas y en las familias sobre el asunto para lograr la tranformación cultural. Se pide, en fin, justicia. No estamos meramente hablando de una revolución cultural (patriarcal), sino que la estamos trabajando, contra los oídos sordos del Gobierno, con mucho esfuerzo, y desde abajo.


Seamos la diferencia

Publicado en El Nuevo Día
16 de mayo de 2009

No fue hasta la década de los 80 que la homosexualidad fue removida de la lista de desórdenes mentales en Estados Unidos. Esta apertura de parte de la comunidad profesional hacia la diversidad sexual, tuvo su paralelo a nivel internacional hace 19 años, cuando la Organización Mundial de la Salud, rectificando una política errada de mucho tiempo, hizo lo mismo. Es por esto que mañana 17 de mayo se celebra, en todo el mundo, el Día Mundial contra la Homofobia.

El conflicto en torno a la diversidad sexual ha resurgido en Puerto Rico durante los últimos años, con la propuesta de permitir las “uniones de hecho” en el nuevo Código Civil y la contrapropuesta, plasmada en la infame Resolución 99, de enmendar la Constitución para definir el “matrimonio” como un contrato exclusivamente entre un hombre y una mujer. Durante el cuatrienio pasado, la mayoría de los políticos utilizaron el tema para pagar favores o para distraer y dividir a la opinión pública. Incluso, la Resolución 99 fue engavetada más por maniobras de última hora que por un compromiso real con la igualdad de parte del liderato político del país.

No obstante, a sólo cinco meses de haber tomado posesión la nueva administración, la homofobia ha brotado de forma verdaderamente virulenta.

La Legislatura se ha convertido en uno de los principales focos de la infección, como demuestran los sucesos en torno a la nominación de Johanne Vélez, y las consabidas y mal camufladas expresiones de desprecio hacia las comunidades lésbica, gay, bisexual y transgénero por parte del presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz, la senadora Migdalia Padilla y, más recientemente, el senador Carmelo Ríos.

La lección de este proceso es que el movimiento a favor de la diversidad sexual no puede depender de favores ni negociaciones a puerta cerrada. Sólo la movilización activa y visible de todas las personas que valoran la igualdad y la diversidad puede encender la conciencia de nuestro pueblo, para forjar una sociedad para todos y todas.

Podemos comenzar —calentando motores para que la Parada de Orgullo de junio sea la más masiva y consciente que haya habido— participando en la marcha para celebrar el Día Mundial contra la Homofobia y cerrar con broche de oro la Segunda Jornada Educativa, mañana desde la Torre de la UPR hasta la Plaza Robles de Río Piedras.


Luchemos por lo que falta

Publicado en El Nuevo Día
4 de marzo de 2009

El 8 de marzo en todo el mundo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, cuyos orígenes se remontan a las luchas de las mujeres trabajadoras de la segunda década del siglo XX por obtener el derecho al voto, mayor respeto en el mundo laboral y mejores condiciones de trabajo.

Desde entonces sigue habiendo avances en muchas áreas, bastantes de ellas, incluso donde se creía haber alcanzado la igualdad. Por ejemplo, en territorio estadounidense, las mujeres podemos hoy celebrar la reciente firma de la “Lilly Ledbetter Fair Pay Act”, norma que promueve la equidad salarial, en respuesta a dictámenes del Tribunal Supremo que restringían las demandas por discriminación en los salarios bajo la ley anterior.

En otros aspectos, el estancamiento es evidente.

Por un lado, la crisis económica mundial, que afecta también a Puerto Rico, amplifica el estancamiento económico de la mujer. La alternativa a la crisis que ofrece el nuevo gobierno está resumida en el informe del Consejo Asesor de Reconstrucción Económica y Fiscal, el cual propone medidas que, de implementarse, aumentarán el desempleo y deteriorarán aún más los servicios públicos, efectos nefastos para la clase trabajadora, y especialmente para las mujeres jefas de familia, que cada vez son más en nuestro país.

Por otro lado, la democracia en Puerto Rico se ve amenazada ante la crisis del estado laico: los crecientes ataques a la separación constitucional de Iglesia y Estado.

En los últimos años el Estado ha sido cooptado por ciertos sectores religiosos, cuya agenda ha sido apadrinada por muchos de nuestros políticos. El ataque se manifiesta abiertamente cuando dilatan la aprobación del nuevo Código Civil. Cuando amenazan con revivir la Resolución 99. Al retirar la carta circular que pretendía incluir la perspectiva de género en el currículo de las escuelas públicas. O al paralizar el nombramiento de Johanne Vélez García como procuradora de la mujer, por hacer expresiones cónsonas con la posición para la cual fue recomendada.

Todas estas acciones tienen el efecto, si no el propósito, de erosionar gravemente los derechos de las mujeres.
A casi un siglo de distancia del primer Día Internacional de la Mujer, el balance de lo que se ha avanzado permanece incierto.

Por ello, este 8 de marzo, y todos los días, más que celebrar, conmemoremos la larga historia de lucha que nos legaron nuestras antepasadas, de la única forma que su sacrificio merece: luchando por lo que falta.


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