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Ley, instituciones judiciales y poder

Por Nahomi Galindo Malavé
Publicado en: Endi.com

Víctor A. Monroig Torres y Juan Martínez Matos: dos hombres heterosexuales de clases desaventajadas que están atravesando procesos judiciales por razones distintas. Además, sus delitos fueron dirigidos hacia sectores distintos.

Víctor A Monroig Torres llamó al Gobernador y lo amenazó de muerte. Aunque ni siquiera se acercó a La Fortaleza, fue arrestado. Esta persona padece de bipolaridad y, a pesar de que incluso estaba internado en psiquiatría cuando intentaron ponerle cargos (por lo que se tardó el proceso), su juicio está pautado para el 19 de enero.

Sin embargo, Juan Martínez Matos buscó a Jorge Steven Mercado, lo degolló, lo asesinó, lo descuartizó y lo calcinó porque, supuestamente al darse cuenta de que se trataba de un hombre y no una mujer, recordó una experiencia traumática. Él mismo dejó claramente establecida su homofobia al insistir en que esta supuesta experiencia le había creado un odio hacia los gays y que quería que todo el mundo supiera que él no lo era.

Las leyes y las instituciones jurídicas parecen estar hechas para procesar a los pobres y proteger a los poderosos. Por eso, por un lado, es imperdonable que se amenace a Fortuño y se le quite la “tranquilidad”, a pesar de que él previamente se la ha arrebatado a 25,000 familias tirándolas a la calle.

Por otro lado, ni la familia de Jorge Steven –que no son gente acomodada– ni la comunidad LGBT viven tranquilos ahora, luego de la muerte atroz de Jorge Steven. Han vivido un proceso judicial dilatado, en el que no se reconoce la importancia del agravante de crimen de odio, según lo plantea la misma ley.

Además, se debe recordar que algo similar ocurre con la Ley 54. Esta existe hace dos décadas, pero a menudo tampoco se le hace justicia a las mujeres asesinadas ni agredidas por sus compañeros. De hecho todavía las instancias oficiales tienen problemas en aplicar dicha ley.

Se trata después todo de que quien está en el poder y representa a sectores económicos poderosos y sectores ideológicamente fundamentalistas es el gobernador Luis Fortuño y no las “otras” familias.


Odiar te pudre

Posterior al crimen de odio perpetrado hacia Jorge Steven, de 19 años, se creó la organización Pro Conciencia y Tolerancia de Puerto Rico, con el propósito de levantar conciencia sobre algunos de los problemas que trae a la sociedad la homofobia y los crimenes de odio.

Agradecemos a la nueva organización la producción del video.

¡Ni un crimen de odio más! ¡Basta ya!


La violencia por razón género, las masculinidades y los crímenes de odio

Por Nahomi Galindo-Malavé

En el mes de No más violencia hacia las mujeres, es importante recordar que todo acto de violencia encarna una red de relaciones de poder: en este caso, relaciones de género. Es por ello, que el objeto o “víctima” de la violencia de género no necesariamente es siempre una “mujer”.  Un ejemplo reciente de ello es violento asesinato del hombre gay de 19 años, Jorge Steven López. Para comprender este suceso como crimen de odio y como violencia de género, es importante entender cómo se despliegan a través de él las relaciones de poder y la construcción de las masculinidades.

Simone de Beavouir, filósofa y bisexual, dijo que una mujer no nace sino que se hace. Más recientemente, Judith Butler, filósofa, lesbiana y queer, ha explicado que el género se construye a través de la performatividad, es decir, reiteraciones (actos repetitivos) que hacen a un sujeto inteligible (comprensible) como perteneciente a una categoría social. En el caso del género, se trata de la repetición de actos que identifican al sujeto como “masculino” o “femenino”.

La violencia contra las mujeres es producto de las relaciones de poder que existen en nuestra sociedad. Se trata por tanto de una de las manifestaciones de la violencia de género, que se dirige contra todo aquello que no es inteligible, que rompe, que no se subordina, a las normas de lo masculino y lo femenino. Diferentes formas de violencia de género son las violencias domésticas, la violencia económica, los feminicidios y los crímenes de odio.

A pesar de que la Ley de Crímenes de Odio ya lleva siete años en existencia, en Puerto Rico todavía no ha sido catalogado ni un sólo crimen como tal, a pesar de que sucesos similares al que segó la vida de Jorge Steven ocurren constantemente.  En la mayoría de los estados de los Estados Unidos, la realidad no es muy distante, por lo que recientemente tuvo que ser aprobada una ley federal sobre crimenes de odio.

Estas leyes reconocen que la homofobia es un mal social que existe y que debe ser erradicado urgenemente. Sin embargo, muchas personas plantean la dificultad de identificar un crimen de odio. Algunas todavía se preguntan ¿Cómo se puede medir el odio?  Otras han cuestionado si las mujeres, como mujeres, pueden ser víctimas de crimenes de odio.

No ha pasado aún un año desde que se reportó un crimen de odio hacia una mujer lesbiana, que fue conocido a nivel mundial. Los hechos ocurrieron en San Francisco, California. La mujer de 28 años y abiertamente lesbiana fue violada por cuatro hombres – dos adultos y dos menores de edad. El acto violento duró 45 minutos. Se inició al ella bajarse de su carro, el cual tenía un “sticker” de orgullo gay. Uno de ellos la golpeó, tirándola al suelo, y le ordenó quitarse la ropa. Al sentir personas acercarse la montaron en su auto y la llevaron a otro edificio para continuar la violación. Mientras la violaba, uno de ellos le llegó a preguntar repetidas veces: “¿Te gusta?

La violación, junto con las violencias “domésticas”, es una de las formas mejor conocidas de la violencia de género – se trata de violencia dirigida hacia una persona por razón de su género, o más específicamente por romper con el comportamiento que se espera de ese género.  La excusa más típica tanto de agresores como violadores es que la víctima “se lo buscó”, o para “ponerla en su sitio” por la razón que sea – en otras palabras, porque su comportamiento no es inteligible dentro de cómo “se supone” que actúen las mujeres.

El caso que he relatado pone de relieve el carácter adicional de crímen de odio por orientación sexual.  Al preguntar “¿Te gusta?”, el violador manifiesta la razón de ser de su acto: “poner en su sitio” a alguien que no le es inteligible, como “mujer” a la que “se supone” que “le guste” el sexo con hombres.

El asesinato de Jorge Steven refleja sorprendentes similitudes. Su asesino fue Juan Antonio Martínez Matos, un hombre de 26 años conocido como “Casper”. Éste ha alegado que pensaba que Jorge Steven era una mujer, y que al darse cuenta que era un hombre, recordó una violación que sufrió mientras estuvo confinado por violencia doméstica.   Esta versión de los hechos, por el propio asesino, saca a relucir la naturaleza del grotesco acto.  Independientemente de si éste llegó al lugar donde Jorge Steven se ganaba la vida alquilando su cuerpo, vestido de mujer, con la intención de descargar su furia vengativa (o auto-desprecio reprimido) o no, se trata de un crimen de odio.  Según sus propias expresiones, Casper siente un odio tal hacia los homosexuales – quienes no son inteligibles como “hombres” – que lo llevó no sólo a asesinar, sino también a degollar, desmembrar, y parcialmente quemar el cuerpo ya sin vida de su víctima.

Lo que demuestran los casos de Jorge Steven y la mujer lesbiana violada en San Francisco es que los crímenes de odio por orientación sexual y la violencia hacia las mujeres son dos manifestaciones de un mal más amplio, la violencia de género, que está enmarcada en las relaciones de poder. Ambos fueron sometidos a la violencia para restaurar la heteronormatividad patriarcal.

El colmo de esta compulsividad heteronormativa quedó demostrado cuando Casper le recalcó al fiscal que él no era homosexual y que deseaba que así lo dejara saber a los medios y que lo supiera todo el mundo.

Las mujeres bisexuales, lesbianas, transgéneros, transexuales e intersexuales son vulnerables a la violencia de género. Los hombres bisexuales, gays “masculinos”, gays “afeminados”, transformistas y trangéneros, entre otros también pueden estar expuestos a la violencia de género.

Si recordamos además, que la gran mayoría de los agresores sexuales en las cárceles masculinas, así como de los “clientes” que procuran trabajadores sexuales masculinos vestidos de mujer (como a todas luces lo llegó a ser Jorge Steven), son hombres “heterosexuales”, podemos concluir que la violencia de género siempre se articula para defender la “masculinidad” heteronormativa.

La forma binaria femenino-masculino se ha construido culturalmente para definir los comportamientos que hacen a un sujeto inteligible para la sociedad como “hombre” o “mujer”. Es precisamente esta forma binaria de pensar la que debemos transformar si aspiramos a eliminar de raíz la violencia de género en todas sus manifestaciones.


La arrogancia de la heterosexualidad y los crímenes de odio

Foto tomada de Botica pop

Por: Madeline Román

Se pregunta Nietzsche en la Genealogía de la Moral, ¿cómo fué que la superioridad política se convirtió en superioridad moral? Es esto lo que se tramita cuando la naturalización de la heterosexualidad produce un
punto ciego (a blind spot) que no permite ver la barbarie que ella misma desata.

El brutal asesinato del joven de diecinueve años encontrado en el barrio Guavate de Cayey picado, calcinado y desmembrado junto con las expresiones del agente de la policía encargado de la investigación en torno a que
“este tipo de personas cuando se meten a esto y salen a la calle, saben que esto les puede pasar” son el efecto de una subjetivación, de un saber criminológico, de un andamiaje jurídico y de un social marcadamente heterosexista y homofóbico cuyo rostro más evidente es la virulencia contra el otro.

Ya no basta con decir que estamos a favor de la tolerancia y en contra del discrimen. Eso no es suficiente. Se trata de que es necesario producir las condiciones políticas, sociales y culturales amplias en la dirección de conceder a las múltiples y variadas maneras en que los sujetos humanos somos, efectivamente, humanos.

Es necesario producir un posicionamiento político y jurídico a la altura del momento pues la contraparte de los crímenes de odio es el avance de los derechos humanos. Unos derechos que, como es planteado por Fernando
Mires, nacieron para la protección y el respeto a las diferencias.

Mientras desde el imaginario heteronormativo se entiende que sólo los heterosexuales son hombres y mujeres “reales”, las vidas singulares de la gente y la teorización contemporánea reconoce que no hay linealidad
ninguna entre sexo, género y deseo, que las mujeres “no tienen” el monopolio de lo femenino según como los hombres “no tienen” el monopolio de lo masculino, que lo no femenino no necesariamente es masculino y viceversa, que hay más cosas en el mundo que en toda nuestra filosofía y que la sexualidad no se agota en ninguna práctica performativa.

En fin, concedemos a que si hay algo que nos caracteriza a nosotros los humanos es esta capacidad de producir (inventar) para nosotros una naturaleza, tras otra, tras otra.

Alrededor de la problemática transgénero se libra otro drama de poder, otra “guerra social invisible” y, a más avanzan las fuerzas democráticas del planeta entero contra la tiranía de la heterosexualidad compulsoria, más arrecia la violencia y la mezquindad contra la diferencia que encarna ese otro.

El asesinato de este joven de diecinueve años no es otra cosa que un crimen de odio.


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