Por Nani Álvarez
Colaboración especial para:
La semana de No Más Violencia Contra las Mujeres
Hace poco más de cuatro años tuve un aborto espontáneo. Al no saber qué ocurría con mi cuerpo durante la duodécima semana de mi embarazo me precipité al hospital ente una hemorragia. Luego de un ultrasonido vaginal y de más de siete horas de espera en sala de emergencias por fin llegó la doctora en ginecología. En seguida me dio la triste noticia de que los signos vitales del feto estaban ausentes. En ese momento me rendí ente su “omnipotencia” y muy obedientemente acepté todas sus decisiones.
Desde las dos de la tarde hasta las ocho de la mañana del siguiente día, el líquido proveniente de una pequeña bolsa junto al suero de salina, llegaba gota a gota hasta mi vena. Este líquido llamado Pitocina (oxitocina sintética) causa dolorosas y continuas contracciones en el útero (mucho más dolorosas de lo que podrían ser las contracciones causadas por la oxitocina que producimos durante un parto natural).
A eso de las nueve de la mañana llegó mi escolta con una camilla para trasladarme a sala de operaciones. Una vez ahí se me aplicó la dolorosa anestesia espinal, se me acostó sobre mi espalda, los pies amarrados en la “burra” y se me practicó un raspe. Durante el procedimiento la doctora hace un comentario que me resultó curioso insinuando que el raspe había sido innecesario puesto que ya había expulsado la mayor parte del feto y del contenido del útero.
Me sentí abusada y creí por mucho tiempo que mi cuerpo no funcionaba de manera correcta. Pensé qué sería de estas situaciones sin la intervención de un cirujano obstetra y comencé a buscar información sobre esto en foros de Internet. Para mi sorpresa, aprendí que el cuerpo tiene sus mecanismos naturales, que la muerte es parte misma de la vida y que no era necesaria la mano del doctor. Entonces, extendí mi búsqueda y entendí que todo, hasta el parto, se trataba de un negocio muy lucrativo a expensas de nuestro cuerpo.
A manera de redención, hace casi un año, en un proceso liberador, parí de manera completamente natural a un niño saludable. El 31 de diciembre del 2008 mi cuerpo experimentó un proceso sanador, para mi cuerpo y mi mente. La intervención de los que a mi alrededor se encontraban fue casi nula, mas el amor y el respeto que impartían hacia mi y mi cuerpo fueron clave para la reconquista del poder que hoy conozco. Estoy más que segura que con la doctora que atendió mi aborto era muy probable que este parto acabara con una cesárea a cambio de sus vacaciones.
Somos víctimas de un sistema que nos ha hecho creer la ilusión de que tiene el poder sobre nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestro ser. Seamos responsables y tomemos las riendas de nuestra vida. Levantemos la voz y hagamos de nuestro cuerpo la acción misma que revele que ninguna especie podría sobrevivir si una de cada dos de sus hembras necesitara una cesárea. No hemos cambiado, es solo la artimaña de unos pocos que intentan obtener ganancias y beneficios económicos creando estratagemas que cambian las circunstancias de nuestra naturaleza.
“¿Cómo está el cuerpo de la mujer? Bien, gracias.”
