24/01/2010
Por Silvina Sterin Pensel
omado de: El Diario NY
Durante su carrera de cirujana y partera en el Instituto Politécnico Nacional del DF Estela Kempis se codeó con profesores a los que admiraba y vivió experiencias interesantes. Pero a la hora de decidir qué haría cuando obtuviese el título fueron otros factores los que pesaron: “Tenía muchas amigas dentistas, oftalmólogas y de otras ramas de la medicina que se me acercaban preocupadas y me preguntaban, ‘¿Tú no conoces algún medicamento? ¿No leíste nada en tus libros de farmacología?’ Y la respuesta era siempre no. No sabía como ayudarlas a abortar porque en los libros no había nada y nadie hablaba del tema. Como era ilegal, si estabas en esa situación, estabas sola.”
En 1995, al tiempo de haber estrenado su diploma y con pocos fondos y muchas ganas, Estela fundó la clínica Nuestros Cuerpos, Nuestras Vidas; una asociación civil donde las mujeres están en compañía de otras que las ayudan, las guían y responden sus preguntas sexuales sean del calibre que sean.
La clínica se encuentra en Cuernavaca, capital del Estado de Morelos. “Está en el mero centro, sobre la Avenida Emiliano Zapata y esa visibilidad permite que se nos acerquen muchas mujeres de regiones urbanas y rurales”, comenta Estela.
Además de ella que es quien lleva la batuta y toma las decisiones, trabajan allí unas 18 personas entre parteras, psicólogos, psiquiatras, enfermeras y voluntarios. Para muchas mujeres campesinas es la primera vez en sus vidas –a pesar de ser ya adultas y tener familias bien numerosas- que reciben instrucción sobre salud sexual y derechos reproductivos. Quienes lo necesitan pueden hacerse la prueba de embarazo, de VIH y someterse a exámenes para la detección de cáncer de mama y cuello uterino.
El énfasis, afirma Estela, está en la capacitación constante de los profesionales, en la orientación psicológica y la atención de calidad para las mujeres y en hacerlas sentir que no están solas en el mundo. El trabajo que realizan en la clínica les devuelve las riendas de su vida, las pone nuevamente en control.
Su piel es morena y sus cabellos están usualmente trenzados o recogidos en un rodete, lo que sea más práctico para trabajar. Feroz defensora de la despenalización del aborto, esta activista de 38 años está en pareja con un neoyorquino, el documentalista Gregory Berger, con quien se complementan a la perfección. “Hemos hecho el documental Aborto sin Pena que pasamos en colegios, organizaciones de la comunidad y todo lugar que nos permita mostrarlo”.
Tanto Gregory como el pequeño hijo de ambos, Max, de tres años, saben que el trabajo de Estela es una forma de vida y que no hay horarios ni muchas vacaciones ni tiempo libre. Todos así lo aceptan y cooperan a su manera. “Una vuelta llegó una mujer embarazada a la clínica, con una emergencia y Max estaba allí conmigo. Cuando la vio tan triste le acarició la barriga. Quizás sea médico también, ¿verdad Max?”, le pregunta su madre.
De paso por Nueva York, la familia aprovechó para pasar tiempo con parientes pero el principal motivo del viaje fue grabar una radionovela que luego se pasará en emisoras comunitarias de México y otras partes de América Latina y en ‘Sexo en voz alta’, un programa que produce la propia Estela y que es otra de las iniciativas que surgió de la clínica.
Greg escribió el guión basándose en experiencias de las pacientes y luego ambos realizaron audiciones para elegir a los actores, todos voluntarios reclutados a través de Craigslist. En una tarde el grupo dio vida a Lucha, una empleada doméstica sin recursos con dos hijos a quienes mantener y en pareja con un tipo casado que la desprecia cuando se entera que está embarazada.
Son muchas las ‘Luchas’ que llegan hasta la clínica donde se las ayuda a explorar las rutas hacia un aborto legal –el procedimiento ya no se pena en el DF mientras sea durante el primer trimestre-. “Para muchas es difícil viajar hasta el DF”, apunta Estela. “No tienen con quién dejar a sus hijos, ni dinero para costear el viaje, el aborto y la estadía que siempre es larga porque una vez que llegan al hospital no es claro cuándo las atenderán. Hay muchos médicos objetores de conciencia y pocos doctores para una altísima demanda”.
Entran desesperadas y salen aliviadas y con un plan. La clínica les provee los fondos o las conecta con lugares en el DF donde los servicios son gratuitos. Por brindar apoyo, Nuestros Cuerpos, Nuestras Vidas cobra únicamente a quien puede pagar. Pero la gratitud siempre sale a flote y, a su manera, todas las mujeres pagan. “Unas ayudan con la limpieza, otras distribuyen volantes para difundir el trabajo de la clínica y otras me han enseñado a sembrar jitomate y maíz. Y todas”, dice Estela sonriendo, “me recuerdan cada día porqué decidí dedicarme a la medicina”.




