La noche al descubierto

Por Helena Mendez Medina
Colaboración especial para:
La Semana de No más violencia contra las mujeres


Lo vio acostado a la sombra del árbol de mangó. Se entretuvo dándoles comida a los perros. Entró a la casa y al no encontrarlo decidió salir a buscarlo. No quería correrse el riesgo de que la comida se enfriase y luego tener que oírle. A lo lejos pudo distinguir que seguía tendido debajo del árbol de mangó. Se le acercó y por primera vez lo sintió indefenso. La pierna derecha había adoptado una posición extraña.

-García, ¿no viene a cenar? Ya la comida está lista. Fue lo único que se le ocurrió decir.

Él la miró con desprecio. –No ves que me he caído, coño. Estarás ciega o la vejez te pone cada día más tonta. Ven, ayúdame a pararme que creo que me he roto algo.-, le dijo.

Ella le extendió su mano. Él la agarró con el deseo de terminar tan embarazosa escena frente a ella. La muñeca de ella cedió conjuntamente con su cuerpo el cual fue a dar cerca del de García.

-Maldita sea, ni eso puedes hacer bien. Vamos, Ana, levántate y busca ayuda en casa de Manolo-, le ordenó mientras trataba en vano de deshacerse del peso de su esposa.
-No puedo. Creo que también me he roto algo-, logró balbucear ella.

La noche se fue cerrando sobre dos cuerpos bajo el árbol de mangó. Un silencio agarrotado rezumaba entre dos seres que habían convivido por cincuenta años. Era la primera vez en años que ambos estaban cerca del otro sin excusas para hablar. Comenzó una lluvia suave la cual se transformó paulatinamente en un chaparrón, el viento fue desprendiendo las ramas secas que se lanzaban como aguijones contra dos cuerpos que se repelían. El altoparlante del templo pentecostal ya no se oía. Entendieron que Manolo ni ningún otro vecino pasarían por el camino que conectaba al sector Hato arriba. La lluvia, el viento y lo entrada de la noche había terminado por convencerles. Tenían toda la noche.

Ana comenzó a mover poco a poco su cuerpo con la intención de aligerar el peso que imponía sobre el de García. Un dolor agudo la inmovilizó. A duras penas podía distinguir su propia morfología pero presentía que su lado izquierdo inferior no le respondía. Agarró una de las raíces que sobresalía del árbol y aunando fuerzas se aupó, separando su cuerpo del de García.

-Por fin, se te ocurre hacer algo que valga la pena. A ver si el peso tuyo me ha hecho más daño en la pierna,- le reprochó.

Ana aún no sabe si fue la luz de la luna llena de noviembre que comenzaba a perfilarse detrás de las nubes o tener plena conciencia del nudo en el estómago la que le dio las fuerzas para hablar. Cuantas cosas, a través de esos cincuenta años de convivencia, le había querido decir. Pensó que tenerlo cerca, sin distracción de periódicos, la radio, o la televisión y la manifiesta inmovilidad de García habría de ser la única oportunidad que la vida le daría para hablar y sacarse cincuenta años de amenazas, golpes, ofensas y, porque no reconocerlo ahora , de terror. Medio siglo pudriéndose las posibilidades de tener una vida sin sobresaltos, una vida digna, una vida en paz.

-García, aún nos quedan muchas horas antes que Aníbal el de Miriam pase por el camino-. Dijo con una voz que a ella misma le sorprendió por la claridad y el tono. No era el hilillo balbuceante si no, la expresión de una mujer determinada a exponer realidades. –No sé que va a pasar contigo o conmigo,-continúo,- si tenemos golpes serios o qué.-No sé cuánto tiempo tendremos que limitar nuestros movimientos. No sé…-. No pudo proseguir, el vozarrón de García irrumpió sus palabras.

-No, si tú nunca sabes nada. Además, yo me voy a levantar mucho antes del amanecer. Que te ayude Aníbal porque tú sí que vas a ver salir el sol ahí tirada como una guanábana podrida-.
-Trata, trata de levantarte. Hazlo- le desafió. Ana le vio forcejear con el viento, manotear la tierra y al cabo, todos sus esfuerzos resultaron en vano.
-García, ésta es nuestra última conversación. Tal vez, la primera y la última en cincuenta años-.Así que escúchame-.le advirtió Ana.
-Me jodí yo ahora, no tengo escapatoria y tengo que oír los berrinches y las zanganazas de una vieja loca como tú-, replicó García.
-Así es, no tienes escapatoria-, le contestó Ana.
-Estas horas aquí, bajo este árbol que sembró mi madre, me han hecho pensar sobre mi vida. Fuera de dieciséis años el resto han sido contigo. A duras penas pude terminar la escuela superior cuando estuviste en lo de Vietnam. Luego ha sido parir, criar, cumplir con todas tus exigencias, aguantar golpes, insultos y enterarme en los velorios que tenías otras mujeres. Gracias a tu antipatía a las funerarias resultó ser el único lugar que podía estar sin tu presencia. ¡Qué ironía! Pensándolo bien ahora, frente a la muerte y rodeada del dolor me sentía libre, ligera de tanta carga, me sentía persona, mujer-.
-Ana, tengo dolor. Por favor, deja ya de hablar tanta porquería. Ya sabía yo que no debía de haberte dado permiso para ir a los velorios. Las que allí se reúnen son un hato de bochincheras,…-
- Cállate, es hora de que me oigas. No entiendes nada. Tu infidelidad y tus mentiras es cosa tuya. Lo que quiero decirte es que eran esos los únicos momentos en los últimos años, después que se fueron los muchachos, que valían la pena vivir y eso es triste pero, es mi responsabilidad.- Cuantas veces deseé tener aunque fuera un día la paz, la seguridad que veía en otras mujeres. Cuantas veces, debí seguir los consejos de mi hermana y denunciarte por maltrato físico y mental. Pero, el qué dirán me maniataba y me ponía imponía una mordaza. Las veces que mi hermana me llevó al hospital les mentí a las enfermeras para que no te perjudicases. Cuantas veces debí defender mis creencias sin importarme si tú las aprobabas. Cuantas veces…- De momento calló. García no se arriesgó a musitar palabra.

Habrían de pasar varias horas antes que Aníbal les divisase bajo el árbol de mangó y pudiera alertar a otros vecinos para que le ayudaran con doña Ana y con el reverendo García.

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